domingo, 15 de marzo de 2020

Cap 23 - La muñeca con los ojos hundidos

Me había tocado, en una rifa, una muñeca grande, tan grande que casi no la podía sostener, y por eso mamá no me dejaba jugar con ella, por miedo a que la rompiese. La muñeca siempre estaba en el sofá de la sala de visitas. Aquella muñeca era para mí un tesoro. Abría y cerraba sus ojos azules y, si se le tiraba de una cuerdecita que tenía en la espalda, decía: “¡Papá! ¡Mamá!”.

Acacia me llevaba siempre a la sala para que yo pudiese jugar con mi muñeca, bajo su vigilancia. Mi hermanita Adayl era muy pequeñita, apenas andaba.
Una vez que encontró la puerta de la sala abierta, entró, se fue al sofá y tiró de la muñeca hacia ella. No sé cómo no la rompió, lo que sé es que la encontraron allí con la muñeca. Al volver del colegio, Concepción me dijo: “Mimosa, ¿vas a la sala a ver tu muñeca? (De mayor, ya no me llamaban Dedé, sino Mimosa). Lilina la ha tocado”. Corro a la sala y encuentro la muñeca no sentada, sino tirada en el sofá, y en vez de los lindos ojos azules con largas pestañas, dos feos agujeros. Adayl le había hundido los ojos con sus deditos.

Al encontrarme con aquel triste cuadro, me quedé, en un primer momento como petrificada; sin embargo, luego vino la reacción y, con una violenta indignación, me saltaron las lágrimas a borbotones, al tiempo que pensaba: “Voy a traer a esa malvada hasta aquí para enseñarle mi muñeca y darle una ración de bofetadas”. Y eché a correr.

Allá, al final del pasillo, vi a Adayl gateando. Yo lloraba de rabia, pero no llegué a cruzar la puerta, pues sentí la santa mano de mi “Nuevo Amigo” (no sé si puedo expresarlo así) que me impedía caminar. Elevé la cabeza, como acostumbraba, y vi su santo rostro mirándome con tristeza, y luego, como si escuchara claramente su Voz, admití: “Lilina ha cometido un fechoría sin saber y yo quiero pegarle porque estoy furiosa”. Quedé conmovida y lloré mucho, pero ahora no de rabia, y sin entristecer otra vez a mi “Nuevo Amigo”; yo sabía, que si Él estaba triste, el buen Jesús también.

¡Ah! ¡Su santo rostro ya no estaba triste! Y mi alegría fue mayor, mucho mayor que la tristeza que sentí al contemplar la muñeca. Mi muy querido “Nuevo Amigo”, una vez más, ¡gracias! Reconozco que en ese momento me impediste llevar a cabo mi mezquina venganza. Y a Vos, mi misericordiosísimo Jesús, os agradezco la gran gracia que me concedisteis de atender siempre la Voz del Único y Fidelísimo Amigo que he tenido en este mundo, después de Vos y de Vuestra Madre Santísima.

Cap 24 - El hurto de las estampas

Estábamos al comienzo del año escolar de 1908. Se había puesto muy de moda entre las niñas tener una cajita bonita para coleccionar estampas. Rivalizábamos en tener la caja más bonita y con el mayor número de estampas. Una estampa, para mí y para las otras, tenía un valor inestimable, y el día que nos daban una en clase era un día completo. De vez en cuando, las externas solían llevar sus cajitas al colegio y, en el recreo, se las enseñaban a sus compañeras. Entonces, hacíamos cambios para completar las colecciones.

Cierto día, L., mi compañera de clase, trajo su linda cajita llena de estampas y cuando estábamos en el aula nos la mostró. En el recreo contemplamos la preciosidad que L. tenía. Volvimos a clase. A última hora de la mañana, L. se ausentó de clase para la lección de piano. Entonces vi, en aquel momento, que otra compañera de L. se metía en su bolsillo la cajita de estampas. Vi esta acción de mi compañera, sin embargo, enfrascada en mi trabajo, no pensé nada, y luego se me olvidó lo que había visto. Terminada la clase, nos fuimos a casa.

En el recreo de la tarde hubo, sin embargo, mucho cuchicheo entre las niñas. L. se había dado cuenta de que le faltaba su caja y me acusaba a mí de haber sido la autora del hurto. Entonces me vino a la memoria lo que había visto por la mañana en clase, y sólo entonces comprendí la acción de mi compañera: ella había sido la que la había hurtado. En el patio del recreo un grupo grande rodeaba a L.; y yo, humillada y con una gran pena que me acongojaba, sola en la parte más alejada del grupo, no podía soportar las miradas que se dirigían contra mí.

En un momento dado, algo como instantáneo, se levantó en mí un sentimiento de indignación y de rebeldía. Allá en el grupo estaba la culpable, y ella también me miraba a mí. El hecho no había llegado al conocimiento de las Hermanas. Y, en un rápido movimiento de indignación, se me ocurre ejecutar la acusación: “Voy a contarle a la Madre Rafaela que ha sido X. la que se ha llevado las estampas de L.; yo la vi y les ha dicho a todas que he sido yo”.

Pero, entonces, no conseguí dar un paso, pues inmediatamente sentí a mi “Nuevo Amigo” que se oponía a que ejecutara lo que pretendía hacer. Busco su santo rostro; ¡estaba triste! No comprendí por qué se oponía a que me defendiese. Sólo lo comprendo ahora, creo que es así: me quería defender con una acusación, aunque verdadera. Una vez más, mi “Nuevo Amigo” venció. Fuimos a la clase, aunque solamente yo estaba ahora bajo el peso de la vergüenza: las niñas creían que yo había cometido aquel feo pecado. Sin embargo, el santo rostro de mi “Nuevo Amigo” estaba, otra vez, contento y únicamente esto me podía consolar, tan grande había sido mi pena y mi vergüenza.

No comenté el caso en casa, pues no era mi costumbre, no sé por qué, y ninguna de mis hermanas lo llegó a saber. Un tiempo después, apareció en el pupitre de L. la cajita de las estampas, y yo pensé: “Con seguridad que el “Nuevo Amigo” de X. le ha mandado que devolviera la cajita para poder confesarse y ser otra vez amiga del buen Jesús”.

Cap 25 - En el carrusel

Una tarde, al salir del colegio, todas las externas de la clase de sor Eugenia habían venido provistas de algunos “níqueles”. Los habíamos traído para la Reunión Mariana y aquel día no hubo. Y surgió la idea: ¿Vamos a la plaza a montarnos en el carrusel y después al quiosco a comer ensalada de frutas?
La idea fue aprobada por un “vamos” general que salió de todas las bocas. La plaza quedaba muy distante del colegio y más todavía de mi casa. En el camino me asaltó la idea: “Voy a llegar tarde a casa, a mamá no le va gustar, y tampoco sé volver sola”. (Mis hermanas aquel día no tenían clase por la tarde). L. intervino: “Todas vamos a llegar tarde; podemos decir que hemos estado en el colegio”. Todas quedaron de acuerdo y yo también. Me encantaba ir a la plaza, andar en el carrusel y más todavía comer ensalada de frutas en el quiosco. Fuimos.

Nos montamos en el carrusel, después de esperar un rato, porque aquello siempre estaba lleno de niños. Después fuimos al quiosco y nos regalamos con la ensalada de frutas. Entonces salíamos del colegio a las tres y media; debía de ser muy tarde. L. y C. me acompañaron hasta la esquina del Señor Deleis; desde allí ya sabía ir.

Hasta aquí todo iba muy bien, y yo alegre y tranquilamente caminaba con la bolsa de los libros en una de las manos. De repente me avergüenzo: “Voy a decirle a mamá que he estado en el colegio, y a ella no le va a importar”. Era la primera vez, en mi corta vida de 8 años, que iba a mentir. Por eso, no me di cuenta inmediatamente de que iba a decir una mentira y, por tanto, a cometer un pecado. Y en mi corta inteligencia se entrecruzaban pensamientos contradictorios. “Todas las niñas van a decir lo mismo, yo también lo voy a decir”.

Además, así pensando, me vino a la mente la triste historia que nos contó, dos años atrás, sor Irene en las catequesis de la Primera Comunión: el niño que fue al purgatorio y que tenía la lengua acribillada de alfileres con culebritas, porque mentía. Y mi “Nuevo Amigo” que me había acompañado a la plaza, sin oponerse, me hizo levantar la cabeza para que viera su santo rostro. Lo sentía perfecta y sensiblemente, aún así, sin verlo. Su rostro santo estaba muy triste porque yo quería clavar una espina en la Cabeza Santa del Buen Jesús. Y la intención que yo tenía de mentirle a mamá se cambió inmediatamente por la resolución de decirle dónde había estado.

Corrí y con el corazón latiendo con fuerza, llegué a casa. Acacia ya había salido a buscarme. Le cuento a mamá donde había estado. A mamá no le gustó lo que había hecho y me regañó. Pero mi “Nuevo Amigo” estaba otra vez contento y yo era de nuevo feliz. Innumerables veces estuve a punto de faltar a la verdad, sin embargo, durante toda mi infancia, mi salvación fue siempre el castigo del pobre chico que fue al purgatorio porque mentía. Con todo, me causaba mucha mayor impresión la santa advertencia de mi “Nuevo Amigo” de que una mentira hería la Cabeza Santa del buen Jesús, que tanto me quería y a quien yo, por Gracia suya, ya tanto amaba.

Cap 26 - El dueño del circo

En el año 1908 apareció por Jaguarao un circo ambulante. Levantaron la carpa en una campa grande que había para tal fin, distante apenas dos manzanas de nuestra casa. Para ir al colegio, pasábamos diariamente por allí. Una noche, papá nos llevó al circo. Aunque después dijo papá que la tal compañía no tenía ningún valor y que por la entrada no se podía pagar ni un “tostón”. Mi opinión, por el contrario, fue muy diferente de la de papá y mamá. Me pareció la cosa más linda de este mundo y sentía muchísimo no poder ir todas la noches.

Me encantó ver a los cachorrillos que subían por una escalera de cuerda hasta muy alto y desde allí se tiraban a una gran sábana que habían extendido abajo y que sostenían unos hombres, a la niña que andaba sobre una gran bola, a la moza que se quedaba en el trapecio sujetándose sólo con los pies y, sin embargo, lo que más me gustó fue el feo payaso, con la cara llena de polvos de arroz, pero que daba volteretas tan rápidas que acababa pareciendo una gran bola rodando.

Me parecía que toda aquella gente era diferente de los demás y, en mi admiración, los consideraba muchísimo, pues no podía comprender cómo sabían hacer todo aquello. ¡Y hasta los niños de mi tamaño! Cada vez que iba al colegio o que volvía, me sentía atraída por el gran circo y siempre quería mirar por el portón; y mis hermanas tenían que tirarme de la mano para hacerme salir de allá.
Pensé: “¡Qué bien si mamá me dejara ir a jugar con las niñas del circo! ¡Entonces, harían muchas cosas bonitas para que yo las viese y podría ver bien de cerca al payaso!” Sabía muy bien que mamá no me iba a dejar ir y que Acacia tampoco me llevaría. Resolví, entonces: “El día que mis hermanas no tienen clase por la tarde yo vuelvo sola y puedo ir allá y entrar en la campa del circo”. Todo sucedió según lo había planeado.

A las tres y media de la tarde, cuando regresaba del colegio, me dirigí a la puerta del circo. Había allí muchos hombres, mujeres y niños, pero pensé para mí que aquellos no eran los actores del circo, porque si lo fueran irían siempre vestidos con aquellas bonitas ropas. Me dirigí a uno de los hombres que estaba en el portalón, con una cachimba grande en la boca, y le dije: “¿El señor es el dueño del circo?”

Al recibir una respuesta afirmativa, continué: “A mí me gustó tanto el payaso y las niñas de mi tamaño, que vengo a jugar con ellas”. El hombre se rió, y tomándome de la mano, dijo: “Entonces ven que yo te voy a llevar allá”. No había traspasado aún el portal del gran portón, cuando fui retenida con fuerza por mi “Nuevo Amigo”, de tal manera que me sentí como arrastrada o estirada de la mano derecha, por el hombre a quien podía ver, y de la izquierda, en la que llevaba la bolsa de los libros, por mi “Nuevo Amigo”. No sé qué hizo mi “Nuevo Amigo”, únicamente sé que el hombre soltó violenta y precipitadamente mi mano, diciendo: “Márchate, muchachita”.

Fue entonces cuando me asusté y escapé de allá. Ya en la esquina de casa, miré a mi “Nuevo Amigo” y, como su santo rostro no estaba triste, todo lo olvidé. Pero desde aquel día tenía miedo del gran circo y nunca más fui allá. Hasta hoy no sé por qué mi “Nuevo Amigo” se opuso tan enérgicamente. Sólo ahora, recordando este hecho, que jamás he contado, reconozco que mi “Nuevo Amigo” me libró más de una vez de un gran mal, al que yo me había expuesto sin saber.

Mi santo y fidelísimo Amigo, una vez más os manifiesto mi gratitud y alabo a mi Dios y vuestra fidelidad.

Cap 27 - El broche perdido

El hecho que voy a contar sucedió en el cumpleaños del Mayor Reveilleau. Dio, a la noche, un banquete y un baile. Papá me llevó. Sin embargo, el punto de reunión era en casa del Capitán Barcelos, y de allí todos se dirigirían a la casa del que cumplía los años. Tenía yo 8 años. Papá me dejó con las señoras y se fue al grupo de los hombres.

Salimos. Era como una comparsa. Me acuerdo bien de cómo iba vestida y de que llevaba, prendido en el pecho, un broche con mi nombre. Había mucha gente. De repente me di cuenta de que mi broche se había caído. Dejé la calle y quería buscarlo por la alcantarilla. El gran grupo, sin embargo, pasaba, pasaba, sin apercibirse de mi pequeño bulto, que encorvado hacia el suelo, buscaba el broche. El grupo se alejó sin darme yo cuenta y sin que nadie me viera.

Después de buscar el broche durante algún tiempo, sin hallarlo, me di cuenta de que estaba sola en la calle desierta y oscura, escuchando débilmente a lo lejos el murmullo de las voces que se alejaban. Asustada y desorientada, corrí en cualquier dirección, pues no sabía qué rumbo tomar. Quizá corrí unas dos manzanas cuando, cansada y con un fuerte dolor en el costado, me detuve, recostándome en la pared de una esquina.

Hasta este momento no había encontrado a ninguna persona. Poco después, me di cuenta de que allá, al final de la manzana, alguien se dirigía hacia mí. Pensando que sería papá que venía a buscarme, quise correr a su encuentro, pero, he aquí que mi “Nuevo Amigo”, hasta entonces reservado, me lo impide, de la misma forma que me impidió ir con el hombre del circo. Acostumbrada a obedecer sin resistencia a mi “Nuevo Amigo” volví a recostarme en la pared de la esquina. Muy tranquila y, ya sin miedo, esperé al bulto que, lentamente, se aproximaba cada vez más. Ya lo distinguía. No era papá, papá no caminaba así. Era un hombre vestido con un poncho, que caminaba tambaleándose para un lado y para el otro, y tropezando a cada paso.

No tuve miedo. Mi “Nuevo Amigo” estaba allí conmigo, esta vez no a mi lado, como de costumbre, sino enfrente de mí. Lo sentía sin verlo. Con todo, me quedé quietecita, conteniendo la respiración. El hombre estaba a punto de pasar junto a mí y mi “Nuevo Amigo” quería que yo me quedara quieta. Así fue. El hombre pasó dando tumbos y mascullando palabras que no entendí. Pasó junto a mí, su poncho me rozó las piernas, y él no me vio.

Después de que el hombre pasara fui con mi “Nuevo Amigo” a casa del Mayor Reveilleau, que era nuestro vecino. Entré. La banda de música estaba tocando frente a la casa, y en la calle había un gran movimiento de curiosos que se aglomeraban. Nadie se ocupó de mí. Busqué a papá, lo encontré, y él no se había dado cuenta de mi ausencia. Sólo ahora me doy cuenta de que aquel hombre era, ciertamente, un borracho, y de que más de una vez, mi fidelísimo “Nuevo Amigo” me salvó de males que hasta hoy ignoro.

Cap 28 - La agonía de Jesús en el Alma

Fue en el año 1908 cuando comprendí mejor lo que significaba la “Semana Santa”. La Hermana Irene nos contó los acontecimientos de la Pasión del Salvador, mostrándonos sucesivamente unos cuadros grandes con los dolorosos pasajes de los sufrimientos del inocente Jesús. Y cada hecho contado por la Hermana Irene penetraba en mi alma compungida, haciéndome amar mucho más a aquel buen Jesús y detestar con mayor horror el horrible pecado, causa de los sufrimientos y de la muerte de mi Dios.

El cuadro de la coronación de espinas me impresionó de tal manera que su recuerdo quedó grabado en mi alma durante toda mi infancia y mi juventud. Me acuerdo, como si fuera hoy, de la pregunta de la Hermana Irene al mostrarnos el doloroso cuadro: “Todavía hoy, cada una de vosotras puede clavar una corona de espinas en la cabeza de Jesús, como estos soldados malos. ¿Y cómo podéis hacer esto?”

Fue mi hermana Dilza la que respondió: “Cometiendo pecados queriendo”.
Un gran peso se quitó de mi alma: y es que muchas y muchas veces yo había sido mala y cometido pecados, pero siempre sin querer. Y cuando sí que quería, mi “Nuevo Amigo” me lo había impedido.

Ciertamente, sor Irene nos habló de la Cuaresma, aunque no entendí nada de este santo tiempo y nada retuve; sólo me centré en la “Semana Santa”. La esperaba con ansia “para poder ayudar a Jesús y no dejarle sufrir tanto”. Así pensaba en mi sencillez de niña.

Llegó la “Semana Santa”. Fui a la Santa Misa con el colegio y nos dieron las palmas bendecidas. Durante toda la Santa Misa, estuve pensando cuál sería la mejor manera para impedir que Jesús sufriese tanto.

Yo quería de forma muy particular a mi hermana Dilza. Cuando llegamos a casa, la llevé junto a la gran cómoda, sobre la que continuaban el Crucifijo y la benditera, y con la confianza especial que tenía con ella, le dije: “¿Hermanita, tú quieres también ayudar a Jesús en Semana Santa?” Y ella respondió: “Yo ya sé lo que voy a hacer y lo que le voy a decir a Jesús el Viernes Santo”.

El lunes, mi hermanita salió y volvió con una pieza de crespón, explicándome que, en aquella Semana, todos los Santos y Nuestra Señora estaban tristes, de luto, y por eso se daba vuelta a los cuadros y se cubrían con crespón. Y así lo hizo ella. Todos los cuadros fueron envueltos en crespón, también el Crucifijo y la benditera.

Y mi alma de niña sufría, en aquella semana, una gran pena por el buen Jesús y su Santa Madre. El jueves hicimos en el colegio la Santa Comunión Pascual. Después de esta Comunión fue cuando hallé lo que debía hacer para que Jesús no sufriese tanto. Ya sabía lo que le iba a decir a Jesús el viernes, a las 3 de la tarde, junto con mi hermana Dilza.

Volvimos a casa. Por la noche no pude dormir, tanta era la pena que sentía por el Salvador. El cuadro que nos había enseñado sor Irene, representando a Jesús en la agonía del huerto de los olivos, lo tenía ahora en mi alma. Tenía a Jesús en mi corazón, sentía sufrir sus angustias de muerte. Lo apretaba contra mi pecho y, en el ansia que sentía de ayudarlo, en mi impotencia, no quise esperar al día siguiente, el Viernes Santo a las 3. Me levanté a oscuras. A tientas me dirigí a la cómoda grande, pues sabía que allá descansaba Jesús, o mejor, se estaba preparando para sufrir. Cada vez que me paraba ponía las manos en el corazón. Le dije a Jesús secretamente, con mis expresiones de niña:

“Pobre Jesús, qué pena tengo del Señor. Yo no quiero dejar que los pecados le produzcan tanto dolor. Quédate muy escondido en mi corazón. Los hombres malos no saben que el Señor está conmigo y yo no se lo voy a decir a nadie. Pero además es preciso que los hombres malos no cometan pecados y yo pido a Jesús que me deje tomar todos los pecados de los hombres y esconderlos también dentro de mí”.

Es que sor Irene había explicado que Jesús sufría los pecados del mundo y también los de cada uno de nosotros. En mi inteligencia de 8 años concebí que podía aliviar a Jesús, quitándole los pecados y escondiéndolos en mí. Seguro que consolé un poquitín a mi Divino Salvador en aquella noche de angustia con mi buena intención. Recuerdo que me convencí de que Jesús iba a hacer eso y, en paz y con mucho consuelo, volví a la cama y me dormí con la convicción de que Jesús sufriría menos.

Al día siguiente, Viernes Santo, fuimos a la iglesia. Mi gran preocupación era esconder a Jesús y a los pecados.

En casa, poco antes de las 3 de la tarde, mi hermana Dilza me llamó y me dijo: “¿Ya sabes lo que vas a pedirle a Jesús a las 3?”

No le dije a mi hermana lo que había hecho el jueves por la noche, porque quería repetir lo mismo a las 3. Esperamos mi hermana y yo, junto a la cómoda grande, a que el reloj anunciara la gran Hora Santa.

No sé explicar lo que experimentó mi alma en aquel momento. Tenía y sentía de forma viva la Presencia Divina en mi corazón y con dolor temía que si Jesús moría en mí, lo perdería hasta el Domingo de Resurrección. Y como en un arranque de dolor exclamé: “Buen Jesús, dentro de mí no debéis morir, ni por tres días”. Es que ya no podía estar sin la presencia de Jesús y de mi “Nuevo Amigo”. A las 3 repetí lo que había hecho la víspera por la noche. Y, ¡qué alegría!, Jesús no murió en mi corazón y quería esconderse en él y esconder también los pecados.

Momentos después, mi hermanita Dilza me dijo sollozando: “Le he dicho a Jesús que prefería morir antes de la próxima Semana Santa que cometer un pecado queriendo”. Y sólo ahora reconozco, entre lágrimas de emoción, que el buen “Jesús Moribundo” le concedió a mi hermanita la gracia que le había pedido. Dilza no llegó a la Semana Santa siguiente. Falleció antes de un año, el 14 de Enero de 1909, un jueves, cuando el mismo reloj estaba para dar las 3 de la tarde, y en aquel mismo lugar donde le pidió a Jesús esta gran gracia junto a la cómoda que tenía el santo Crucifijo y la benditera, pues, tres días antes de su muerte, el médico ordenó un cambio de cuarto y de cama.

Buen Jesús, perdonadme si nunca Os he agradecido esta gracia que concedisteis a mi hermanita. Sólo ahora, recordando este hecho, me doy cuenta de todo. ¡Dios mío, cuánto Os debo! Jesús mío, perdona mi ingratitud.

Cap 29 - El camarón

Para realzar más la Misericordia Divina con su criaturita y exaltar la fidelidad y los cuidados de mi “Nuevo Amigo”, voy a contar algunos casos que mostrarán, bien a las claras, como fui y soy de inteligencia apocada, casi nada, o lo que es igual, nada inteligente. El buen Dios y mi “Nuevo Amigo” podrían haberme deparado también su ayuda en estos casos, pero no lo hicieron, permitiendo que yo misma actuase con mi limitadísimo raciocinio, para que yo, al menos hoy, reconozca que todo, todo se lo debo a mi Dios.

Cierta tarde, jugaba yo en la calle con I., que era dos o tres años mayor yo. Corría el año 1910. Tenía yo, por tanto, 10 años. Ya no vivíamos frente al asilo. Saltando a la cuerda, llegamos a la esquina de la casa de I. Y allí nos paramos.
Venía de la esquina opuesta un chico de unos 14 ó 15 años, de esos pobres chicos a los que el pueblo llama “golfillos”, que tenía que pasar por la esquina en que estábamos. Lo conocíamos de vista, porque todos los días pasaba por nuestra casa; era un repartidor de carnes. I. me dijo: “Mira a ese muchacho; si la gente le llama “camarón”, él se convierte en camarón; si la gente le llama “caimán”, él se convierte en caimán”. El muchacho pasó junto a nosotras, pero tenía que volver de la pensión con las carnes. Le pregunté entonces a I.: “¿Pero él se vuelve después otra vez muchacho?” “Así es”, dijo I., porque otros le llaman “muchacho” a cualquier hora. “Cuando ahora vuelva a pasar junto a nosotras, tú le llamas ‘camarón’, ‘caimán’, y verás”. Le respondí: “No, sólo le llamaré ‘cae-marón’, que es un bichito pequeño; ‘caimán’ no le digo, es un bicho peligroso, enorme, tendría miedo, y además le tiene que costar más cambiarse después”. “¿El pobrecito no sufre con ese cambio?”, le pregunté a I. “Nada, a él no le importa”, contestó.

Esperamos. Momentos después, volvía el chaval. Entonces I. dijo: “Yo me quedo aquí en la puerta de casa, y tú vas a esperarlo ahí, en la esquina; tiene que ser así, porque si no, no se cambia”.

Y yo, con gran expectación por ver a un niño transformarse en un bichito, me fui allá. Cuando el mozalbete pasó junto a mí, le dije: “Camarón”. Pero mi decepción fue enorme, al ver que el muchacho, en vez de transformarse en un camarón, me respondió enfadado: “Ésta tú me la pagas y bien pagada”. I. se había escondido detrás de la puerta del corredor de entrada y se reía a más no poder. No entendí por qué se reía. Y es que ella sabía que el muchacho se enfadaba cuando le llamaban así.

Pasaron algunos días. Una tarde iba sola al colegio, cuando, a mitad de la manzana, reconozco al muchacho y él a mí, porque me dijo: “Ahora vas a ver quién es camarón”, y me dio un puñetazo en el brazo y salió corriendo. Yo era muy melindrosa y, en vez de ir al colegio, me volví a casa llorando y le conté el caso a mamá y por qué me había pegado el muchacho. Mamá se enfadó, no conmigo, sino con el muchacho, diciendo: “Él podía haber venido a quejarse a mí, pero no te podía pegar. Esto no queda así”.

Pasaron algunos días, no sé cuántos. Entonces éramos vecinas del comandante del Regimiento y todos los jueves había retreta frente a su casa. Allá estaba el chaval sentado en el borde la acera, con otros chicos, oyendo la música. Mamá mandó a Abelino a buscarlo y, ya en casa, en el mismo corredor, recibió una zurra con la suela de la zapatilla. Él lloraba muy fuerte; yo estaba en la galería y Acacia me dijo: “Es el muchacho, que está recibiendo por haberte pegado”. Iba a decir: “¡Bien hecho!”, pero he aquí que mi “Nuevo Amigo” me lo impidió. Busqué luego su santo rostro y estaba triste. Una pena grande, muy grande, por el muchachito me invadió el alma. Corrí al corredor para impedir que le diera más, pero Abelino ya le había mandado marcharse.

Volví a la galería con el alma inundada de tanta pena que no pude contener las lágrimas. Acacia ya no estaba en la galería y pude llorar mucho tiempo, de pena y de arrepentimiento. Pedí perdón al buen Jesús y a mi “Nuevo Amigo”, reconociendo mi culpa: “El muchacho recibió porque le conté a mamá que él me había pegado. Pero él sólo me había dado un puñetazo que no me dolió, y Abelino tiene fuerza y, con seguridad, que le ha dolido mucho”.

Me entró el deseo de confesar aquel pecado, en aquel mismo instante, pero era jueves y hasta el sábado no podía. Nuevo dolor para mi alma. ¡Ah! ¡Y si fuese ahora mismo al Padre Godofredo, al Liceo!... Se me presentaron muchas dificultades: era tarde; no tardarían en encenderse las luces. Acacia estaba en la cocina y Concepción estaba poniendo la mesa. Pensé en irme sola, en escapar. Miré a mi “Nuevo Amigo” y ¡oh, qué gran e inesperada alegría! ¡Su santo rostro ya no estaba triste! ¡El buen Jesús ya me había perdonado y mi “Nuevo amigo” también! El sábado le confesaría todo al Padre Godofredo.

Aunque la paz volvió a mi alma, permanecieron en ella una gran pena y un gran arrepentimiento. Si apareciera por allí el muchacho, le había de dar mil pruebas de cariño. ¡Ah, en el “Arca de Noé” no había más que una sola “platita”! Compraría cigarrillos de chocolate y al día siguiente, esperaría al muchacho. Y en aquel mismo instante corrí a la confitería y volví con diez cigarrillos recubiertos con papel de aluminio dorado.

Al día siguiente, aguardé con mucha impaciencia el paso del chico; pero no pasó. Y un día más y otro, y pasó mucho tiempo, y el pobrecillo no volvió. Con seguridad que tenía miedo de pasar por nuestra casa. A mi pensamiento de niña se le ocurrían mil motivos, pero no ése. Y hasta pensaba que Abelino la había pegado demasiado y el pobrecito estaría enfermo y bien podría haber muerto. Este pensamiento me aterrorizaba y me entristecía. Pasado algo más de tiempo, estaba yo en la calle, cuando vi al chaval atravesar la calzada. Sin más preámbulos, corro hacia él y le digo: “Tengo una cosa para ti, espera que te la traigo. Me diste mucha pena cuando Abelino te pegó”. El muchacho me miraba como ido, pero no le importó esperarme. Ya no tenía los cigarrillos, pero tenía algunas “platitas” en el “Arca de Noé”. Las cogí y corrí a la calle, con el temor de que el muchacho se hubiese ido. Pero estaba allí, sí. Le di todo, las moneditas y el “Arca de Noé”. Él se quedó muy contento y se fue agitando el Arca. En cuanto a mí, sintiendo la más dulce paz en el corazón, me quedé en la esquina con mi “Nuevo Amigo”, mirando al muchacho hasta que desapareció.

Cap 30 - El autovelocípedo

En 1910, papá fue trasladado a la Colonia Militar del Alto Uruguay, sin embargo, nosotros nos quedamos en Jaguarao con mamá. Tal separación fue para mí muy dolorosa. El año anterior, la muerte me había separado de mi pobre Dilza, y ahora, aunque no tan fatalmente, debía separarme de papá, a quien quería por encima de todo, después de Jesús, de su Madre Santísima y de mi “Nuevo amigo”.

Fuimos al embarque de papá. Entramos en el vapor. Cuando dio la primera señal de partida, el dolor que sentí por la separación de mi padre fue tan vivo que me pareció que no podría sobrevivir. Me abracé al cuello de papá, llorando convulsamente. Y cuando en ese angustioso momento sonó el segundo pitido del vapor, hubiera fallecido ciertamente de dolor si no hubiese sentido la santa mano de mi “Nuevo Amigo” separándome suavemente de papá. Lo hice sin resistencia; mis lágrimas cesaron como por encanto, miré a papá y a mi “Nuevo Amigo", y Éste con su dulcísima voz me susurró, no al oído sino al corazón, al alma: “El buen Jesús lo quiere así”.

Si en aquel momento hubiera dependido de mí el que papá se quedase conmigo, por nada de este mundo le hubiera hecho quedarse. Quería más, mucho más al buen Jesús y a mi “Nuevo Amigo” que lo que quería a papá. Y sin ninguna lágrima más, ya en el muelle, después de que el vapor diera el último pitido y soltaran las amarras, agitaba mi pañuelo hacia mi querido papá, cuya separación, minutos antes, me había parecido imposible.

Después de un tiempo, papá obtuvo un permiso para disfrutarlo en Jaguarao. En aquella ocasión me trajo un lindo autovelocípedo, lo que fue para mí una cosa más que extraordinaria.

Todos los días, después de regresar del colegio y de haber hecho la tarea, allí estaba yo con mis paseos “en auto”, del principio al fin de la manzana, aunque la calle era de losas y no se prestaba a que el “auto” se deslizara suavemente: las losas, en muchas partes estaban partidas y le dificultaban la marcha.
Un domingo vino a verme, Z. con su ‘silla velocípedo’, diciéndome: “Vamos a pasear a la plaza; allá está mejor, las calles están más igualadas, son más largas y de mosaico”.

Los domingos y los jueves por la tarde se reunía mucha gente en la plaza; a esa reunión la llamaban “footing”. La banda de música tocaba en un tablado levantado en el centro de la plaza, y era aquello un ir y venir de mozas, mozos, señoras y niños que paseaban alrededor de la plaza, mientras en el centro de la misma estaban agrupadas las mesitas del “bar” y del “quiosco”. En el carrusel revoloteaban bandadas de niños.

Mamá nos dio permiso y Acacia fue con nosotras. Era la primera vez que yo iba al “footing”. Mi auto se deslizaba ligero, suave y sin acelerones ni frenazos. Volví de allá encantada, después de haber quedado con Z. que volveríamos a la plaza todos los domingos. Dicho y hecho. Dos o tres domingos después, había un verdadero “desfile”, una “carrera” de velocípedos alrededor de la gran plaza ajardinada.

Ya desde 1909 el Canónigo Godofredo Evers se había convertido en el confesor de las niñas de nuestro colegio. Era uno de los catedráticos del Liceo del Espíritu Santo. El Liceo quedaba frente a la plaza.

Un sábado, en la confesión, el Padre Godofredo me había dicho: “No me gusta que los domingos Cecy vaya a pasear a la plaza, ¿lo entiendes?”

Lo había entendido perfectamente, pero durante la semana olvidaba que al Señor Padre le disgustaba que fuera a la plaza y, llegado el domingo, allá estaba yo en el sitio que más me gustaba, pues ahora no tenía mayor placer que el de pasear allá en el “auto”. Ese domingo, sin embargo, vi que, apartado un tanto del balcón y semioculto por un repostero granate, pendiente de la ventana, estaba sentado el padre Godofredo, quien también me reconoció, pues me hizo una señal con el dedo.

Al sábado siguiente, el Señor Padre volvió a hablarme de mi paseo en la plaza. Pero, al llegar el domingo, cuando Z. y otras niñas vinieron a buscarme con sus velocípedos, ya no me acordaba del disgusto del Padre. Es que hasta entonces mi “Nuevo Amigo” no se había opuesto, y yo me iba allá, lo que era para mí la alegría completa.

Allá estaba yo dando vueltas. Y allá estaba el Padre Godofredo, en el mismo lugar leyendo o rezando con un libro, pero observándome, pues cada vez que pasaba por allá, me estaba mirando. En mi felicidad, le sonreía y no me venía a la mente su disgusto.

En un momento dado, se produjo una algazara al pie de la estatua de la Libertad, que está levantada en el centro de la plaza. Todos corrían hacia allá. No vi a Acacia, que estaba en el lado opuesto, pues siempre nos separábamos de ella. El grupo de velocípedos se detuvo y decíamos: “Vamos a ver qué es”. Algunas ya corrían por el centro de la plaza, en dirección a la estatua.

También yo hice amago de bajar del “auto” y correr hacia allá. Sin embargo, no conseguí dar un solo paso. Una vez más, la santa mano de mi “Nuevo Amigo” estaba sobre mi hombro, deteniéndome, suave, pero inamoviblemente. Mis ojos buscaron su santo rostro y volví la cabeza hacia la derecha. Todo en un movimiento rápido. Estaba frente a frente de la puerta del Liceo. Al mismo tiempo que percibí su santo rostro, triste, vi al P. Godofredo que, descendiendo la gran escalera del corredor de la entrada a grandes pasos, como corriendo, y atravesando la calle a grandes zancadas, se dirigía hacia mí.

No comprendí nada de todo aquello. Me había quedado sola, inmóvil en mi estupefacción. El Padre Godofredo, con un tono benevolente y al mismo tiempo severo, me dijo: “Vete para casa ya, ya, y no vuelvas más por aquí; el buen Jesús va a estar triste”. Y fue en este momento cuando me vino al pensamiento que no había sido un simple deseo del Señor Padre, sino una orden dada por el buen Jesús, a la que no había obedecido.

Un dolor de arrepentimiento grande y sincero inundó mi alma de niña y sollozando le dije al santo sacerdote: “Padre, no sé dónde está Acacia y no sé ir sola. Me llevará Usted, ¿verdad?” Y aquella gran alma de Apóstol, venciendo tal vez todos los respetos humanos, me tomó con una mano, con la otra tomó el “auto” y me llevó a casa; al llegar a la esquina, me dijo: “Vete ahora desde aquí, con la bendición del buen Jesús y los cuidados de tu Ángel de la Guarda”. “Muchas gracias -le respondí-, nunca más voy a ser desobediente”.

Había andado sólo unos pasos, cuando oí la voz de Acacia que me llamaba. La esperé y le dije inmediatamente, con toda naturalidad: “Me quise venir a casa y, como no te veía, le pedí al Padre Godofredo que me trajese”. Me quedé admirada ante la estupefacción de Acacia, que abriendo mucho los ojos, exclamó con viveza: “¡Pero qué chiquilla más poco respetuosa! ¿Te crees tú que el ‘señor’ Padre es tu criado?” Esta observación provocó en mí aún mayor arrepentimiento por mi desobediencia. Acacia le contó el caso a mamá y mamá se lo contó a papá.

Al día siguiente, papá le escribió una carta al Padre Godofredo y yo misma fui a llevársela con Acacia. Me acuerdo que en las noches anteriores al domingo siguiente lloré de arrepentimiento en la cama, por haber entristecido al buen Jesús y a mi “Nuevo Amigo”, aunque éste ya no tenía su santo rostro triste; y tal bondad me conmovía todavía más. El sábado confesé al Señor Padre mi desobediencia, prometiéndole que nunca más iría al “footing” a la plaza. Gracias a Dios cumplí fielmente mi promesa. Al domingo siguiente, a la misma hora del “footing”, en vez de ir a la plaza, el “auto” se quedó en casa y yo, por indicación del Señor Padre, me fui a la Parroquia a rezar en el altar de Nuestra Señora mi Rosario por todos los niños de Jaguarao.

Cap 31 - Madrina

Estábamos en 1911. Por primera vez iba a ser madrina. Mi ahijadita era hija de nuestra lavandera; se llamaba Isabel y era una mulatita de 5 años, más o menos. Iba a recibir la Confirmación en la próxima visita del Señor Obispo, el mismo que me había confirmado a mí. Aquel hecho me llenó de tanta alegría que estaba esperando ansiosa el día del santo acto. Me sentía en una completa felicidad y ya me había concienciado seriamente de la misión que iba asumir.

A la hora señalada me fui con la ahijadita a la Parroquia. Sabía muy bien ir sola, Acacia no podía acompañarme. Padre Domingo, el vicario, iba a darme las instrucciones. Llevaba en una bolsita la limosna indicada, que eran 3.000 reales. En el camino hacia la Parroquia todo fue sin novedad: madrina y ahijada, radiantes.

Cuando avistamos la Parroquia, ya se observaba una gran aglomeración de gente. Me alegré; el Señor Obispo estaba ya allá. Pero no le sucedió lo mismo a Isabelita. Al comunicarle la noticia, pensando que le alegraría mucho, la pequeña montó una verdadera tormenta de lloros, acompañados de fuertes gritos. Tenía miedo del Señor Obispo. Yo le hacía mil promesas, la aupaba alzándola en brazos, y ella lloraba y gritaba cada vez más. Le decía que el Señor Obispo era un santo, que era bueno, que le gustaban los niños... No pude conseguir nada. Y cuanto más nos acercábamos a la Parroquia, más lloraba.

Allí se terminó toda mi alegría. “Pues bien -le dije- ya no vamos al Señor Obispo, yo misma te puedo confirmar, ‘en caso de necesidad’, de la misma forma que bauticé al ‘señor’ Cipriano”. Ésta era una idea falsa que había concebido en mi cabecita de 11 años. Creía que el Sacramento de la Confirmación tenía las mismas normas que el Santo Bautismo. Seguro que Nuestro Señor no llevó a mal la ignorancia de su pequeña amiga, que pretendió hacer las veces del Señor Obispo.

Me senté con Isabel en uno de los bancos públicos que rodeaban la plaza de la Parroquia y comencé a enseñarle algunas “nociones” del santo acto. Seguro que mi “Nuevo Amigo” no permitió que le dijese alguna herejía a aquella almita. Él estaba allí y no tenía triste su santo rostro, ya lo había mirado más de una vez. Tres o cuatro veces invité a Isabelita a ir al Señor Obispo, pero en cuanto hacía mención de levantarme, ella recomenzaba su escandalosa llorera. Esperé mucho, mucho rato, hasta que se fueron el Señor Obispo y todos. Entonces Isabelita ya no se opuso.

Fuimos a la iglesia que ya estaba vacía. Me dirigí al altar de Nuestra Señora, cuya imagen tanto hablaba a mi corazón. Era una hermosa imagen de tamaño natural, que representaba la Inmaculada Concepción. Allí, con Isabelita, recé el Acto de Contrición, después de que le prometió a Nuestro Señor y a Nuestra Señora que nunca más cometería ningún pecado y después de pedirle perdón por los que ya había cometido. La pequeñita repetía dócilmente todo lo que yo le decía, con las manitas juntas.
Después nos fuimos del altar y nos dirigimos al Baptisterio, que quedaba a la derecha, pero en la gran piscina de mármol no había agua bendita. Fui entonces a la pila de la puerta de entrada, con el corazón latiendo por la gran emoción que me embargaba en aquel momento. Me arrodillé con la pequeñita y más de una vez recé con ella el Acto de Contrición y todas las oraciones que sabía de memoria. Me levanto. Meto la mano en la pila, para sacar bastante agua bendita y, arrodillándome nuevamente, trazo una cruz en la cabeza de la pequeña, diciendo al mismo tiempo: “Yo te confirmo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”.

Exulté. En mi fe de niña, contemplaba a la pequeña y la hallaba más bonita. Me imaginaba, o mejor, veía con los ojos de la fe su alma sin ninguna mancha. Y le dije, con la más íntima alegría, comparándola conmigo: “Tu alma ahora está blanca, muy blanca, como estaba la mía el día de mi Primera Comunión”.

No sé por qué, pero la convicción real que tuve de la blancura de mi alma el día de mi Primera Comunión, permaneció viva en mí durante toda mi vida. Solo ahora, desde 1935, ha desaparecido de mí lo que constituía mis delicias. Es que tenía dentro de mí la Blancura Incomparable: mi Dios. Y desde ese momento, se escondió Jesús; ahora tengo “la real y dolorosísima convicción de un alma horrible, oscura, en las densas tinieblas del pecado”.

Pero tengo que seguir. Confirmada Isabel, según creía yo, la llevé al primer banco para enseñarle la “Santa Casita” donde estaba Jesús. El Santo Tabernáculo. Salimos de la iglesia. Recordé que tenía en la bolsita 3.000 reales que no habían sido necesarios. Podía comprar bombones para mi ahijada. Fuimos a la confitería y los 3.000 reales se transformaron en una bonita caja de bombones. Y se la entregué, feliz, a mi ahijadita.

Nos dirigimos a casa. No había caminado una manzana cuando de repente me viene un pensamiento: “¡Pero yo he comprado los bombones con el ‘dinero santo’!” (así llamaba a todo el dinero destinado para la iglesia y para los pobres); tenía que haber dejado el dinero allá, en el cepillo que está a la puerta de la iglesia”. Me invadió el alma una gran inquietud. Y ahora, ¿qué hacer? ¿Llevar otra vez la caja de bombones al “señor” Carvallo y pedirle que me la descambiara? Le daría otros 3.000 reales a Isabelita. Pero recordé que no tenía ni una “platita”.

¡Y ahí estaba yo con una gran perplejidad! Con mi apocada inteligencia, entendía que debía al cepillo de la iglesia el mismo dinero que papá me había dado para el Señor Obispo. Finalmente decidí resueltamente ir a la confitería. Le expuse el caso al “señor” Carvallo, con toda sinceridad, y rodándome las lágrimas. Pero qué grande fue mi sorpresa, cuando veo al “señor” Carvallo reírse a todo reír y, tomando la caja que le entregaba, me la devolvió diciendo: “El ‘señor’ Carvallo te regala los bombones”.

Y, dirigiéndose a la caja, me trajo el mismo dinero que le había entregado. Le di las gracias, radiante, al buen confitero y corrí feliz con Isabelita a la iglesia, a dejar el dinero en el cepillo. Experimenté una gran felicidad y consuelo. Creo que este hecho me aprovechó para el resto de la vida en este mundo. Jamás, desde aquel día en adelante, dispuse de un importe, por mínimo que fuese, sin preguntar primero sobre su procedencia y su destino. Más tarde, Isabel fue confirmada “de nuevo” por el Señor Obispo, y seguí siendo su verdadera madrina.

Cap 32 - La manada de gansos

Estábamos aún en 1911. Papá estaba de permiso en Jaguarao y me había traído un lindo juguete: una campesina, que llevaba delante una manada de gansos. Cuando se tiraba del carro, la campesina movía los brazos y los gansos, las alas. Me gustó mucho aquel juguete. Acacia me dio un ovillo de cordel fino. Lo até al carrito, y dejándolo en un extremo de la manzana de nuestra casa, desenrollaba el ovillo entero, hasta la otra esquina. Allí enrollaba el ovillo y el carrito venía solo, sin que yo me moviera. Esto me entretenía mucho y todas las tardes se me podía encontrar en la calle con aquella diversión.

Una tarde observé que cada vez que pasaba de una esquina a la otra me seguía un negrito medio desarrapado, de unos 7 u 8 años que, con mucho interés, seguía mi juguete y que, cada vez que el carrito se volcaba en el camino, él corría a levantarlo. Comencé a sentir una especie de satisfacción al ver que “mi bonito carrito” le causaba tanta admiración al negrito. Dos o tres tardes después, el pequeño, como de costumbre, estaba allá para observarme y para acompañarme. Sin embargo, esta vez me ofreció una naranja diciendo: “¿La señora quiere cambiar el carrito por esta naranja?”

Semejante propuesta me sorprendió de veras y le respondí, “un tanto orgullosa”: “Mi carrito vale más que un saco de esas naranjas, y yo tengo todas las que quiero”. El negrito no replicó. Sin embargo, justo acababa yo de pronunciar tales palabras y ya tenía la santa mano de mi “Nuevo Amigo” sobre mi cabeza. Me quería advertir de algo. Escuché su voz hablándome al alma. Lo oí perpleja: debía darle mi carrito al negrito desarrapado, el lindo carrito que papá me había regalado y que tanto me gustaba. Como un relámpago me pasó por el pensamiento: “No se lo puedo dar, me lo dio papá”, pero también, como un relámpago, le sucedió otro pensamiento: “El buen Jesús quiere que yo se lo dé”. Miré hacia mi “Nuevo Amigo”. Su santo rostro no estaba triste, más bien serio, como esperando mi decisión.

Resueltamente me dirigí al negrito que estaba, con la naranja en la mano, como extasiado con el carrito, y le digo: “Te doy el carrito para ti”. Y enrollando con prisa el cordel, tiré del carrito y se lo entregué al negrito. Éste permaneció un instante indeciso, como dudando si realmente se lo quería dar. Por fin le convencí y él lo tomó. Miré a mi “Nuevo Amigo”. Su santo rostro ya no estaba “serio”, sino con aquella “dulzura” que me hacía tan feliz, pues esa “dulzura” me decía que Jesús estaba satisfecho con su amiguita.

No hubiera sabido decir cuál de los dos, el negrito o yo, era más feliz en aquel momento. Pero cuando escribo esto reconozco que yo era más feliz, incomparablemente más feliz.

En aquel momento, mi “Nuevo Amigo” me había hecho reconocer que había sido dura con el pobrecito. Lloré mi pecado, me confesé el sábado y, por consejo del Padre Godofredo, el domingo le llevé al Padre Domingo el juguete que más me gustaba para los niños pobres del “Catecismo”. El Padre Godofredo me había dicho: los juguetes viejos. Y cuando los estaba colocando en una caja vacía de cartón, escogiendo las muñequitas sin brazo o sin pierna, las tacitas rajadas o sin asa, el gallito que ya no pitaba, la pelota que no botaba, más de una vez mi “Nuevo Amigo” me puso su santa mano sobre la cabeza. Me detuve. Escuché su voz suavísima: “¡El lindo servicio de té, de 12 piezas, que el Coronel Ferreira me había traído de Río!” Y entonces, dejé en mi casa la caja con los juguetes viejos y, sin haber jugado con ella ni una sola vez, le llevé al Padre Domingo la bonita caja roja, con la tapa llena de figuras. Y es que la “dulzura” del santo rostro de mi “Nuevo Amigo” era para mi alma de niña más preciosa que los mejores juguetes del mundo.

Cap 33 - Pequeños sacrificios para ser admitida en la Congregación Mariana

Cierto sábado, al comienzo del año lectivo de 1912, el Padre Godofredo, que era el Director de la Congregación Mariana, me dijo en la confesión que él deseaba mucho que aquel año yo recibiese la primera Medalla de la Congregación, pero que había un impedimento: la edad insuficiente o, al menos, la falta de la necesaria madurez intelectual. “Pero vamos a comenzar a rezar, desde hoy”, dijo él, “y Cecy hará pequeños sacrificios por Nuestra Señora para que el 8 de diciembre alcance esta gran gracia”.

Salí del confesonario radiante, como si ya en realidad hubiese recibido la linda medalla con la cintita azul. Pasaron algunos días y yo, “en aquella ilusión de realidad”, no había comenzado a realizar los pequeños sacrificios para Nuestra Señora, tal como me lo había mandado el Señor Padre.

Por fin, caí en la cuenta. Respecto a lo que debía rezar, ya lo sabía; no había para mí mejor ni más poderosa oración, de todas las que sabía, que el santo Rosario, que jamás lo había dejado de rezar, ni un día siquiera, gracias a Nuestra Señora; hasta hoy todavía puedo decirlo. La dificultad estaba en los “pequeños sacrificios”. No sabía qué sacrificio debía hacer que le agradase mucho a la Madre del Cielo. Ya había hecho algunos, pero tenía la impresión de que no eran éstos los que quería Nuestra Señora.

Ahora es preciso que cuente algo: me gustaban mucho los dulces, los caramelos y, sobre todo, el chocolate. Con toda sinceridad: yo era una golosa. Acacia conocía mi “punto flaco” y, la pobre, en el momento que yo quería, me daba el gusto con una gran rebanada de pan con mermelada, con ponche y canela, con puñados de pasas, en fin, con lo que encontraba a mano. Y, a falta de dulces o de Acacia para dármelos, iba yo a la despensa, me hacía un buen cucurucho de papel y lo llenaba de terrones de azúcar, que sustituían perfectamente a los caramelos.

Una tarde había preparado un cucurucho de terrones, tomé el primero e intenté llevármelo a la boca. Allí estaba la santa mano de mi “Nuevo Amigo” que me lo impedía. Miré su santo rostro y lo encontré con aquella seriedad que yo tan bien conocía. Sin comprender, sin embargo, el fin por el que me lo impedía, vacié todo el contenido del cucurucho en la lata del azúcar. El santo rostro de mi “Nuevo Amigo” perdió inmediatamente la seriedad y le sucedió aquella incomparable “dulzura” que constituía toda mi felicidad, mis delicias. Sin embargo, no comprendí aún por qué me lo había impedido mi “Nuevo Amigo”. 

Pasó algún tiempo. Estaba yo en la galería, ocupada con mis deberes de clase, cuando aparece Acacia, trayendo un gran membrillo asado, para hacer mermelada. Me alegré muchísimo y, como de costumbre, le demostré a Acacia mi alegría abrazándome a su cuello. Acacia se fue de allí, dejando el platito con el membrillo sobre la mesa. Tomé la parte ya cortada y pinchada en un palillo, e intenté llevármela a la boca. Y allí estaba de nuevo mi “Nuevo Amigo” impidiéndolo. Miré su santo rostro: ¡serio! Entonces lo comprendí todo: “Me gustan mucho, muchísimo los dulces y todo lo que es de azúcar. Tengo que privarme de ellos. Éste es el ‘pequeño sacrificio’ para Nuestra Señora, y ‘sólo’ esto es lo que la Madre del Cielo quiere, a cambio de la linda medallita con cinta azul”.

Y, para no resultar pesada, sólo diré que, desde aquel día en adelante (mediados de marzo de 1912), hasta el 8 de diciembre del mismo año no probé el más mínimo terroncillo de azúcar, ni ninguna cosa dulce de cualquier clase. El Padre Godofredo me dijo: sólo debes tomar azúcar en el café. Y así fue. Además, sé que la Santísima Virgen aceptó el “pequeño sacrificio” de su hijita, pues le recompensó, el 8 de diciembre, con la medallita y la cinta azul.

Aquel día, el Padre Godofredo, dándome una estampa de Nuestra Señora, me dijo: “Hoy, sí, Cecy puede comer los dulces que quiera y ¡Nuestra Señora se alegrará mucho!”. Después volví a casa. Y los días de fiesta, la fiel y buena Acacia no se olvidaba de sorprenderme con alguna “lambisquería”, como decía ella. Así, en la galería, en el lugar donde estudiaba, hallaba un platito de ciruelas con coco. Con gran sorpresa mía, vi cómo la “golosa” Cecy había perdido por completo su feo defecto.

Y es a Vos, Santísima Virgen, y a vos, mi fidelísimo “Nuevo Amigo”, a quienes todo lo debo. Amén.

Cap 34 - El traje de baño. No quiero vestirme así

En las vacaciones de 1911 a 1912, papá, aconsejado por el médico, determinó mandarme en el mes de febrero a Santa Victoria del Palmar, para que tomara las aguas yodadas de los baños de mar. Partí nada más terminar el curso, en la segunda quincena de diciembre. Debía hospedarme en casa de la familia N., amiga de mis padres, y cuyas hijas estaban internas en nuestro colegio de Jaguarao. Me costó mucho separarme de mi familia. Más de una vez, cuando mamá estaba haciendo mi maleta, ayudada por Acacia, las sorprendí llorando. Este hecho me hacía sentir más la separación. Papá me llevó al puerto, donde, con las dos niñas N., fui entregada al Coronel M. En casa, la cena de despedida fue muy dolorosa. El vapor saldría a las dos de la tarde, y, por la mañana, bien tempranito, Acacia me despertó para ir a la Santa Misa, en la que comulgué. Ahora ya no iría sola: Jesús y mi “Nuevo Amigo” me acompañarían. Ya mucho tiempo antes del viaje estaba recelosa, temiendo en mi infantilidad que mi “Nuevo Amigo”, “por cualquier motivo”, no pudiera acompañarme... Sin embargo, nada de eso sucedió. El Padre Godofredo me había dado una estampa del Santo Ángel de la Guarda en la que había escrito la linda oracioncita que yo sabía muy bien de memoria y que rezaba mañana y noche:

“Santo Ángel del Señor,
Mi celoso guardián,
Ya que a ti me confió la piedad divina,
Dirígeme, guárdame,
Gobiérname e ilumíname siempre. Amén”.

El viaje transcurrió bien y amanecimos en Santa Victoria, donde, en el puerto, ya nos esperaba el matrimonio N. Extrañé muchísimo la falta de mis padres, de mis hermanos y de la buena Acacia, aunque aquella familia N. me rodeó de todo cariño, cuidado y dedicación. Antes de dos semanas caí enferma con fiebre alta y, si no hubiese tenido la presencia continua de mi Jesús y de mi “Nuevo Amigo”, creo que no hubiera resistido la dura separación. Por fin me restablecí, pero cuando la familia N. estaba en los preparativos para ir al mar, llegó la noticia de que la casa había sido incendiada. Entonces resolvieron ir a la gran Hacienda N.

La vida agradable y movida de la hacienda fue diluyendo, poco a poco, la especie de nostalgia que tenía en el alma, y por fin me sentí bien. En la hacienda había carreras, paseos a caballo o en break, y una tarde se formó gran algarabía por el baño en la “cascada” para el que vinieron a casa las familias vecinas.

Fuimos. Grupos a caballo, en tílburi y en coche break. Doña N. me llevó con ella en el tílburi. Yo iba radiante. Llegamos a la cascada, que para mí fue una “maravillosa novedad”. Era un salto de agua, espumosa y cantarina que se deslizaba sobre unas piedras enormes, yendo a remansarse después en un lecho suave de arena. Habían preparado, en las orillas, tres o cuatro casetas, y de ellas, en poco tiempo salieron los grupos preparados para el baño.

Doña N. me llamó para que me pusiera el traje de baño. Corrí radiante. Sin embargo, antes de llegar a donde ella estaba, mi “Nuevo Amigo”, agarrándome del brazo, y la presencia más viva de Nuestro Señor Jesucristo dentro de mi pequeño ser me detuvieron. Me hicieron comprender que no debía acompañar a aquel grupo. Parada en medio del camino, le dije entonces: “No, Doña N., no quiero vestirme así, ni bañarme. Me quedo esperando aquí”. Doña N. mostró su desagrado. Recelosa y tímida, estaba indecisa entre obedecerle o no. Sin embargo, me sentía presa de la santa mano de mi “Nuevo Amigo”. Entonces, resueltamente, respondí a sus insistentes llamadas: “Doña N., no quiero vestirme así, ni bañarme”.

Los grupos, ya en bañador, se preparaban para entrar en el agua. Mi “Nuevo Amigo” se puso en frente de mí y, durante todo el tiempo que los bañistas permanecieron en el agua y después en la orilla, donde formaron un baile, tuve yo, por primera vez frente a mí una Sombra Santa y Benéfica, que supuse eran las Alas extendidas de mi “Nuevo Amigo”. Y siempre, desde entonces, las “Santas Alas Protectoras” se extendían delante de mí, impidiéndome ver lo que ni Nuestro Señor ni Él querían que yo viese.

Cap 35 - El cine “Punto Chic”

Ya en el año 1912, comenzó en Jaguarao una verdadera inundación de cines. Se abrían salones por todos los lados. Los domingos había “matinés” casi de hora en hora. Los propietarios de cines comenzaron a hacerse la competencia unos a otros y había hasta rivalidades. Finalmente se abrió un salón lujoso de la empresa Pinto y Hermano, que se llamaba “Punto Chic”. El propietario, un gran capitalista, había mandado construir especialmente este salón, con butacas tapizadas, ventiladores eléctricos, salas de espera, etc., y con el mismo precio que los otros.

Las familias acudían, en tropel, a Punto Chic. En los domingos, las “matinés” eran exclusivamente para niños, y allá se distribuían, gratis, lindos saquitos de bombones. Además sorteaban un bonito premio: una gran muñeca, un par de patines, un diábolo de goma, etc. Esto atraía, puedo decir, en bloque, a la chiquillería de Jaguarao.

No sé decir si tal fiebre de cines dañaba la moral del pueblo. Sé que, un cierto domingo, se anunció la apertura de un nuevo salón, el de los Reverendos Padres Premonstratenses. El precio era menos de la mitad de los otros cines. Y entonces el pueblo se aglomeraba allí.

De todas las películas que vi en el “Salón de los Padres” (este era su nombre popular), en esa época de mi infancia, y más tarde en mi mocedad, recuerdo íntegramente, incluso hoy, su contenido y hasta su título: “La vida pública del Salvador”, “El Hijo Pródigo”, “El Milagro de la Virgen”, "Tengo por techo el Cielo”, etc.

Quizá no se proyecten ya películas como las que vi en el teatro o en los salones. La mayor parte de ellas (a excepción de los documentales sobre la naturaleza), no llegaba a verlos, porque las “Santas Alas” de mi “Nuevo Amigo” me impedían ver gran parte de ellas. Ya he contado anteriormente cómo en mis vacaciones en Santa Victoria mi nuevo amigo hizo esto por primera vez. La segunda vez fue en el cine “Punto Chic” y después continuó siempre, incluso en mi mocedad.

Voy a contar la segunda vez. Un domingo anunció “Punto Chic” una “velada” extraordinaria. Fuimos a aquella “velada” extraordinaria. Enorme concurrencia de familias. Comenzó la película, cuyo título era: “La celda número 13”. Habían pasado dos o tres escenas cuando, en aquel momento, siento la santa mano de mi “Nuevo Amigo” sobre mi hombro y, como en el baño de la cascada, se extendieron sus Santas Alas delante de mí, ocultando totalmente a mis ojos las escenas que se proyectaban en la pantalla. Mi “Nuevo Amigo” permaneció así durante toda la proyección de la película, de modo que no vi nada de ella.

En otras ocasiones (quiero decir, en otras películas), sus Santas Alas se extendían un cierto espacio de tiempo. Después se cerraban y, entonces, yo podía ver la pantalla, aunque su santa mano sé mantenía sobre mi hombro, de modo que me ocupaba más de él (pues él constituía mis delicias y el recuerdo de que Jesús estaba satisfecho de su amiguita) que de lo que me rodeaba. Muchas y muchas veces, durante la proyección de una película, sus Santas Alas se extendían por un tiempo rápido y luego me dejaban la vista libre.

Mi “Nuevo Amigo” no sólo procedía así en los cines. También lo hacía en los espectáculos (representaciones teatrales, etc.). Cuántas veces mamá me trataba de “estúpida”, porque no sabía contar la película o la obra de teatro a la que había asistido. Y papá me decía: “Hija mía, debes describir lo que ves y contar lo que oyes”. Sin embargo, nunca les dije que mi “Nuevo Amigo” me lo impedía.

Mi santo y fidelísimo “Nuevo Amigo”, solamente hoy reconozco los innumerables peligros a que estuve expuesta en aquel mundo malo y de los que salí ilesa, únicamente por la gracia especial de Dios y por vuestra fidelísima guarda. Sed, Dios mío, glorificado eternamente en la flaqueza de Vuestra criatura. Y vos, mi “Nuevo Amigo”, recibid el amor agradecido de vuestra pequeña hermana y amiga. Amén.

Cap 36 - Esposa de Jesús

En 1913 vino de Río el Teniente Coronel N., de unos cuarenta y tantos o cincuenta años de edad, soltero y poseedor de una gran fortuna. Este señor era amigo íntimo de papá, ya desde el tiempo de estudiantes. Por tanto, el Teniente Coronel se convirtió en frecuentador asiduo de nuestra casa, viniendo casi diariamente a conversar con papá, a su regreso del cuartel, pues nuestra casa quedaba a pocas manzanas del cuartel.

Uno o dos meses después de su llegada, (creo que no tanto) comenzó el teniente Coronel N. a mostrar particular preferencia por mi pequeña persona, colmándome frecuentemente de valiosos regalos.

Cierta vez, fui llamada a la sala por mamá. Estaba allá el Teniente Coronel y quería entregarme entonces el regalo que me había traído: una gran caja con un ajuar de novia completo, estilo imperio, que había mandado traer de Montevideo. Le alargué la mano en agradecimiento; él la besó y le dijo a papá: “Me gusta esta niña y quiero hacer de ella una señora”. No comprendí en aquel momento lo que quería decir con aquello y me fui, muy complacida con el gran regalo, a enseñárselo a mi querida Acacia.

Algunos días después de nuevo fui llamada a la sala. El Teniente Coronel estaba allí con su uniforme de gala encarnado y azul. Mamá había ordenado a Acacia que me pusiese el traje imperio para que el Teniente Coronel viese lo bien que me quedaba. Francamente, debo decir que no me gustaba aquel traje que me daba aspecto de chica mayor: el vestido era más ceñido de lo que yo acostumbraba a usar y los finos botines de charol eran de “tacón militar”, cosa que jamás había usado en mi vida. Yo andaba siempre con los cabellos sueltos, Acacia me los desenredaba con mucho cuidado todas las noches. Y ahora mamá había ordenado que Acacia me los recogiera atrás con una cinta.

Así transformada comparecí en la sala. Parece que al Teniente Coronel le agradó verme así. Entonces, abriendo una cajita de terciopelo azul, sacó una alianza con dos diamantes y me la colocó en el dedo, diciendo: “Todavía eres demasiado niña para una alianza de verdad”. En aquel momento no entendí nada. Apenas sé que me alegré con el lindo anillito. Después, el Teniente Coronel continuó: “En breve irás a viajar por Europa. Por eso es preciso que estudies el italiano y el alemán (el francés ya lo estaba aprendiendo en el colegio) y también debes aprender piano”. Algunos días después me trajeron una profesora de piano y un piano de alquiler, para estudiar; también me pusieron un profesor de italiano y, en el colegio, inicié el estudio del alemán con mi querida Madre Rafaela.

Algunos días más tarde, una noche, papá me llamó a solas, muy serio, muy preocupado. Hallé a papá diferente de otros días. Papá se sentó y, acariciándome la cabeza, dijo: “Hija mía, papá tiene una noticia importante que comunicarte. Mi amigo N. quiere hacerte su esposa, cuando cumplas 15 años. Papá quiere que su hijita acepte esta propuesta, que le hará muy feliz. Conozco a mi amigo y tengo la certeza de que te hará muy feliz”.

Entendí poco o casi nada de lo que papá me había dicho. Tenía 13 años y, hasta entonces, jamás se me había pasado por la cabeza que alguien quisiera tomarme por esposa. Ni siquiera sabía lo que era una esposa; justo sabía que mamá era esposa de papá. Y como no había entendido nada, le respondí a papá, como si fuera la más trivial de las cuestiones:

“Sí, papá”. Y me fui sin volver a pensar en el asunto. Sin embargo el primer viernes de mes que siguió a la “audiencia” con papá fui como acostumbraba a la Santa Misa y a la Sagrada Comunión. Después de la Sagrada Comunión, en la que estaba embebida, siento, oigo, como acostumbraba, la voz de mi “Nuevo Amigo” (esta vez no era la suya, sino la de Nuestro Señor): “No serás una esposa de la tierra, sino la esposa de Jesús”.

Desde entonces pensaba continuamente cómo podría ser esposa de Jesús (porque tampoco comprendía lo que era una esposa de Jesús). Sin embargo, desde ese día, permaneció en mí un deseo grande, muy grande de ser esposa de Jesús. Y claramente me di cuenta de que para ser esposa de Jesús no podría ser la esposa del Teniente Coronel, cuya presencia comencé a aborrecer. Me disgustaba sobremanera ponerme el anillito, que era una especie de alianza de noviazgo (cosa que sólo comprendí más tarde), por lo que voy a contar: El domingo siguiente al primer viernes de mes al que ya me he referido, estaba preparándome para ir a pasear con unas amiguitas. Busco el anillo para ponérmelo, y cuando estaba intentando colocarlo en el dedo, mi “Nuevo Amigo” me lo impide, apartando suavemente la mano que tenía el anillo de la otra en la que lo iba a poner. Lo guardé inmediatamente, con la firme intención de no ponérmelo más.
Sin embargo, no tardó el Teniente Coronel en darse cuenta de que ya no me lo ponía, diciendo que deseaba que lo usara siempre. Mamá me mandó buscarlo y me dijo que no debía quitármelo del dedo. Fui a buscarlo, y en la sala me lo puse. Mi “Nuevo Amigo” no se opuso esta vez. Pero allí mismo, ante aquel señor que ya me desagradaba y ante papá y mamá, allí presentes, miré el santo rostro de mi “Nuevo Amigo” y reconocí su desagrado por el uso del anillo. Sentí una gran pena en el alma y por la noche, en la cama, entre sollozos, le pedí a mi “Nuevo Amigo” que me hiciera perder el anillo.

Pasó algún tiempo (muy poco) y llegó el invierno. Me salieron una gran cantidad de sabañones en las manos. Se me hincharon de tal modo que el dedo anular comenzó a quedarse rojo.

Debo añadir que ni antes, ni después de este acontecimiento, jamás he tenido sabañones en las manos. La hinchazón era tal que se volvió imposible girar el anillo en el dedo. Solamente donde se encontraban los dos diamantes se podía cortar con la lima, sin dañar el dedo. Así que fue menester romperlo del todo. Papá, entonces, limó el anillo, y como al limarlo junto a una de las piedritas se partió en dos partes, la compostura iba a ser muy imperfecta y papá no lo mandó arreglar.

Animada por el éxito del anillo, le pedí a mi “Nuevo Amigo” que me librara también del Teniente Coronel.

En una salita contigua a la sala de visitas, tenía yo una casa de muñecas completa, en una estantería con varios aparadores. Una tarde, ordenaba los juguetes cuando, estando abierta la puerta que daba a la sala, no me apercibí de que el Teniente Coronel estaba en la sala y, viéndome allí, vino a verme jugar, colocándose detrás de mí, sin que yo me diera cuenta. En esto, se hizo oír, diciendo: “Esto ya no sienta bien a una novia. Debes ahora esmerarte en el estudio de las lenguas y del piano, porque dentro de dos años viajaremos a Europa”. Me volví sorprendida. Mi “Nuevo Amigo” se aproximó más a mí, Lo sentí. Entonces le respondí al Teniente Coronel, ahora sin miedo de desagradar a papá y a mamá: “El señor debe saber que yo no quiero ser su esposa, ni tampoco me agrada estudiar italiano con el señor Padre, y todo esto se lo voy a pedir a papá”. El Teniente Coronel, un tanto despechado, eso me parece, dijo: “No sabes lo que estás diciendo, eres todavía muy niña y a Cony no se le tendrá en cuenta”. En este momento sentí que mi “Nuevo Amigo” me empujaba suavemente hacia la sala. Obedecí y dejé solo al Teniente Coronel.

Aquel mismo día fui a estar con papá, me abracé a su cuello sollozando y le dije que no quería ser la esposa del Teniente Coronel, ni estudiar italiano con el señor Padre. Papá, abrazándome, respondió: “Hija mía, no te obligo a eso, pero mira que, desistiendo de ser la esposa del Teniente Coronel, truncarás tu futuro y también el de tus hermanos. Pero si mi hija no quiere, mañana mismo hablaré con mi amigo”. Encontré todavía bastante resistencia por parte del Teniente Coronel, lo que me hizo sufrir mucho. Pero, poco tiempo después, fue trasladado a Río y... me dejó en paz. Me alegré y no me olvidé de agradecérselo a mi “Nuevo Amigo”. Sin embargo, continuaba todavía ignorando de qué manera podría ser esposa de Jesús. Pero, a su tiempo, lo supe.

Cap 37 - Señorita, una limosna para la negra

Todavía en el año 1913. Teníamos en nuestro colegio, casi tradicionalmente, el “picnic”. Por la fiesta de la onomástica de nuestra Madre Rafaela el 24 de octubre; por lo general, se celebraba el día 25.

Ese paseo campestre era un encanto para todas las alumnas. Cada niña, tanto externa como interna, iba provista de la “indispensable cestita de fiambres”. Este año de 1913 no me acompañaron mis hermanas: Dilza había fallecido hacía mucho tiempo (1909) y Gizelda había dejado ese año el colegio. Acacia había preparado mi cestita bien surtida con las cosas que más me gustaban y que ella conocía muy bien. A la hora fijada (era siempre después del mediodía), me fui hacia el colegio, con una alegría grande, muy grande.

Iba sola; en una de las manos la cestita, en la otra una bolsa de tela gruesa de lino, con manzanas y plátanos. Dos manzanas antes de llegar al colegio, en una de las esquinas por donde debía pasar, una mendiga, sentada al borde de la calle, extendiendo la mano me dijo: “Señorita, una limosna para la negra vieja, que hoy todavía no ha tomado el café”. Casualmente tenía en el bolsillo del delantal la vuelta de las frutas que había ido a comprar al quiosco, con el dinero que mamá me había dado: eran 500 reales. Se los di a la viejita que los recibió con gran alegría, diciendo en su lenguaje sencillo: “Nuestro Señor le ayude”.

Y me fui alegremente a mi paseo. No habría dado, tal vez, ni diez pasos, cuando me paro sorprendida: mi “Nuevo Amigo” me había tocado suavemente en el hombro con su santa mano. Busqué su santo rostro y estaba triste, no serio. En el mismo instante me vino al pensamiento la viejita de la esquina. La busqué con la mirada y seguía allí. Me vino a la mente esta pregunta: “¿Cómo va a poder matar el hambre, hoy y mañana, sólo con 500 reales? Tengo que darle todo lo que tengo aquí para el paseo. Sólo así el santo rostro de mi ‘Nuevo Amigo’ dejará de estar triste”.

Vuelvo hacia la viejita y, con una precipitación que no era en mí habitual, le vacío en el halda todo el contenido de la cestita y de la bolsa de tela, diciéndole: “Todo esto lo tenía yo para el paseo, pero se lo quiero dar a usted, que todavía no ha tomado café”. No sé lo que me respondió la viejita; sólo noté, en una mirada, su gesto de estupefacción, porque eché a correr hacia el colegio, como si recelase no tener la fuerza necesaria para seguir fielmente lo que deseaba mi “Nuevo Amigo”. Después de correr una manzana, ya en la esquina del colegio, me paro y busco el santo rostro de mi “Nuevo Amigo”. Ya no estaba triste, sino con aquella “dulzura” que confirmaba que Nuestro Señor y él estaban contentos con su pequeña amiga. Abrí la cestita y puse en ella la bolsa de tela, también vacía. Y pensé: “¿Cómo puedo ir al colegio y al “picnic” con la cesta vacía?”
Hice mención de volver a casa para pedirle a la buena Acacia un nuevo surtido; con certeza, ella me lo daría. Quiero comenzar a correr, pero de nuevo la santa mano suavísima de mi “Nuevo Amigo” me lo impide. El no quiere que yo vuelva a casa, sino que vaya al colegio. Obedezco, aunque con gran indecisión: “¿Qué dirán las niñas al verme con la cestita vacía? ¡Se reirán de mí!” Este era el gran, el grandísimo miedo que afligía mi alma.

Pero la “dulzura” de su santo rostro todo lo disipó y entré al colegio tan alegre como si la cestita todavía estuviese llena de las cosas buenas que me gustaban.
El patio estaba ya lleno de niñas, todas llevando su respectiva cestita. Deseé entonces tener al menos un trozo de pan para que hiciera algún peso en la cestita, pues no tenía forma de llevarla; estaba tan leve que inmediatamente se veía que estaba vacía, cuando las cestas de las otras chicas casi no se podían cerrar. Pasé en el patio momentos penosos. Y pensaba: “¿Qué voy a hacer allá en el prado, cuando todas formen los grupos para la merienda?”.

Salimos. Yo iba con mi grupo: E., M., I., L. y otras más. Durante el camino ellas iban diciendo lo que llevaban y yo, confundida, permanecía callada. Llegamos al prado y en poco tiempo también llegó la hora del “rancho”. Los grupos se dispersaron por la gran extensión de la pradera. De pie, sin decidirme a juntarme con mi grupo, busqué el santo rostro de mi “Nuevo Amigo”, como pidiéndole auxilio. Y la santa “dulzura” que tanto me deleitaba disipó nuevamente mi gran indecisión. (Comprendo ahora lo que entonces no veía: era el miedo de verme humillada por mis compañeras).

Me dirijo a mi grupo que ya me estaba llamando a gritos. Mi “Nuevo Amigo” lo quería así. Y ellas, con todas las cestitas abiertas, ya se estaban sirviendo. L. abre mi cestita y, ¡oh decepción, o mejor, sorpresa para ellas y vergüenza para mí!, la cestita estaba vacía, ¡sólo con la bolsa de tela dentro! Una carcajada unísona resonó por la planicie. En cuanto a mí, no podía retener los sollozos y las lágrimas. Quería pedirles que no se riesen de mí. Mil preguntas me llovían de todos los lados, acompañadas de chistes picantes. “¿Has escondido en un agujero tus cosas, por miedo a que te pidiésemos?”, Dijo L. “Ya se lo ha comido todo -dijo otra-, y ahora quiere servirse de lo que nosotras tenemos”. “Bien divertido me ha parecido su gesto con la cesta vacía, en el colegio”. “¿Entonces, no tenías nada en casa para traer?”

No aguanté más. Iba a ir a contárselo todo a la Madre Rafaela. Se acercaban a mí más niñas. Pero, he aquí, que la santa mano de mi “Nuevo Amigo” me impedía andar y hablar. ¡Ah! ¡Cómo deseaba, al menos, apartarme de allí e ir a otro grupo! Con todo, mi “Nuevo Amigo” no lo quería. Debía quedarme allí.

Me senté otra vez con ellas, violentándome de veras. L. me ofreció una rebanada grande de dulce de guayaba y encima una loncha de queso del reino. Como un relámpago me pasó por la mente este pensamiento: “No, no aceptaré nada, no necesito tus cosas”. Con todo, el pensamiento fue tan rápido que no articulé ni una palabra, pues una vez más se posó sobre mí la santa mano, que tanto conocía. Comprendí: “Debo aceptar. Mi ‘Nuevo Amigo’ lo quiere”. Y entrando en lucha la voluntad y el amor propio, venció la primera. Acepté lo que L. me ofrecía. Acepté lo que las otras me ofrecieron. Y en cada bocado que me llevaba a la boca no sentía la dulzura de aquellas cosas, que me repugnaban al paladar a causa de la violencia que me estaba haciendo a mí misma; pero la “dulzura” de su santo rostro todo lo venció.

El paseo terminó. Nadie supo lo sucedido, ni papá, ni mamá, ni la Madre Rafaela, ni Acacia. Nadie.

Cap 38 - El estuche de clase

Fue al principio del año escolar de 1914. El Padre Godofredo, en la primera confesión del año lectivo, me había dicho: “Debes, desde ahora, comenzar a prepararte para merecer la gran gracia de ser Hija de María, en diciembre”. (En diciembre de 1913 había recibido la cinta verde de Aspirante). “No dejes pasar ningún pequeño sacrificio, sin ofrecérselo a Nuestra Señora”. Y aquel mismo día, por la tarde, la Madre Celestial le pedía a su hijita el primer sacrificio.

Al llegar a casa, a la vuelta del colegio, encontré sobre mi mesa de estudio un paquete que papá me había traído de Artigas: un lindo estuche de clase completo, de madera barnizada, con lápices, regla, pluma, cortaplumas, gomas, abrecartas, limpiaplumas, sacapuntas, portaminas, en fin, todo lo que un colegial puede necesitar se encontraba allí. Deseaba aquel estuche desde el año anterior; ya lo conocía pues algunas compañeras mías tenían uno igual. Y más de una vez le había expuesto a papá mi deseo.

Ahora lo tenía. No acierto a describir mi alegría de aquella tarde. No me cansaba de admirar mi tesoro. Comencé a hacer la tarea, antes de la hora de costumbre, solamente por el gusto de poder utilizar mi “estuche inigualable”.

¡Qué fea, y hasta inútil, me parecía la caja vieja! “¡Ah! No quiero ya nada de eso. Mañana, después de Misa, se la llevaré con todo lo que tiene dentro a la sacristía al padre Domingo, que tanto se alegra con estas cosas, para sus chicos y niños pobres de la clase nocturna”.

En el colmo de mi alegría, terminada la tarea escolar, me puse a limpiar y a ordenar la cajita, envolviéndola para llevársela, al día siguiente, al Padre Domingo. Y, cuando ya estaba terminado el paquetito, envuelto con el mismo papel satinado y con el mismo cordel de carrete con que había venido envuelto el nuevo estuche, al levantarme de la mesa, me viene a la mente un pensamiento inesperado; “¿Por qué, en vez del estuche viejo, no le doy el nuevo al Padre Domingo?” Y, como para rechazar el “atrevimiento de tal idea”, otro pensamiento le sucede, como queriendo aplastar al primero: “No, el Padre Domingo siempre habla de los libros y los utensilios del colegio que ya no queremos”.

Allí estaba yo en un verdadero combate. Me desagradó sobremanera la primera idea; después de la segunda, se presentó otra objeción: “Necesito un estuche nuevo como éste; ya estoy en la clase superior y casi todas las niñas tienen estos estuches y por eso me lo trajo papá”. Todo estaba decidido: llevaría el estuche viejo al Padre Domingo. Lo tomé para llevarlo a mi cuarto, como queriendo asegurar mi decisión.

No llegué, sin embargo, al umbral de la puerta. La santa mano de mi “Nuevo Amigo” se posa suavemente en mi hombro y un nuevo pensamiento vino a mi mente: “Éste será el primer sacrificio a la Madre Celestial, para merecer la linda Cinta Azul de Hija de María”. Ya no estaba agitada. Miré el santo rostro y lo encontré con aquella “seriedad” que solía tener, cuando esperaba de su amiguita algo de bondad. Lo entendí y lo decidí. “No le llevaré al Padre Domingo la cajita vieja, sino mi lindo estuche nuevo, para que él se lo dé como premio al niño o al mozo pobre más aplicado de la clase”. Volví a la mesa, me senté y, en poco tiempo, el paquete nuevo estaba listo, tal y como lo había recibido. Pero antes de llevarlo al cuarto, miré su santo rostro y su santa “dulzura” me pagó por centuplicado el “pequeño sacrificio”. Al día siguiente, después de la Santa Misa, no volví al colegio en la fila, porque necesitaba hablar con el Padre Domingo. Parece que había adivinado el “pequeño sacrificio” y me dio una bonita estampa de la Santísima Virgen. Me alegré de verdad, pues parecía que me estaba diciendo que aceptaba, muy complacida, el primer sacrificio que le había hecho.

Cap 39 - Los patines sacrificados

El caso que voy a contar a continuación sucedió todavía en 1914. Al comienzo del invierno se inauguró en el “Salón Punto Chic” una “pista” de patinaje. A. vino por la tarde a invitarme para irnos a la fiesta.

Fuimos. Me encantó ver aquella cantidad de chicas, chicos, y también niñas de mi edad (muchas compañeras) deslizándose con rapidez, en graciosas vueltas, sobre el gran espacio de mosaico liso. ¡Ah! ¡Cómo deseaba saber patinar así! ¡Qué bonito tiene que ser! Allí mismo, mientras admiraba la habilidad de los patinadores, me propuse no gastar ni un “níquel” y juntar los 25.000 reales para un par de patines. Me atraía la “pista”, como antes la plaza para los paseos en autovelocípedo. Todos los domingos, a las 5 de la tarde, allá estaba con A., que un domingo vino ya a buscarme provista de un lindo par de patines nuevecitos y brillantes que había comprado en Artigas.

Finalmente, conseguí la cantidad para los suspirados patines. Era tan grande el deseo de ponérmelos que ese día feliz me parecía que no había nadie en el mundo más feliz que yo. ¡Ay! Pero todavía había que esperar hasta el sábado, día en el que no había clase por la tarde, para poder ir a Artigas. Iría con A. a Casa Aspiroz, donde ella había comprado los suyos. El domingo sería mi estreno en la sesión de entrenamiento.

A las dos de la tarde de un lindo sábado de invierno, allí estábamos A. y yo, sentadas en la barca que nos llevaría a la ciudad uruguaya de Artigas. Ya estaba suspirando por la vuelta. Antes de que la barca saliera, vino a juntársenos un nuevo pasajero, un pasajero muy conocido que, por la mañana, me había perdonando todos los pecados que había cometido en aquella semana: El Padre Godofredo. Le saludé con el “Alabado”, pretendí levantarme, pero el balanceo incesante de la barca no me lo permitió. Él respondió a mi saludo y además añadió: “¡Cecy por aquí!”. Y yo, en mi inmensa alegría, le digo: “Sí, Padre, voy a comprar un par de patines”. Una o dos remadas después, el Padre Godofredo estaba ya leyendo o rezando con un libro. Y así atravesó todo el río Jaguarao. Cuando desembarcamos en Artigas, el Padre Godofredo me dice, al irse: “Nuestra Señora espera un pequeño sacrificio”. Fue como si una bomba cayese a mis pies, tan inesperada fue la advertencia. Entré en un verdadero combate, allí en pleno muelle, sin decidirme a dar un paso hacia el frente. Mi amiga A. ya mostraba su impaciencia. Yo sólo le podía decir: “Espera un poquito”. Me asaltó un torbellino de pensamientos, como en el caso del estuche. “¡Oh, no, Nuestra Señora no va querer mis patines! ¡Ya le di el estuche que tanto me gustaba! ¡Y a mí me gustan más, mucho más los patines! Ya haré después otro sacrificio”. Me decidí. “Vámonos rápido, A.”.

Sin embargo, una manzana antes de Casa Aspiroz, me acordé de mirar el santo rostro de mi “Nuevo Amigo”. Lo encontré con aquella “seriedad” compasiva que me hacía comprender inmediatamente lo que él esperaba de su amiga. Una pena grande, muy grande invadió mi mezquino corazón y me surgió un nuevo pensamiento: “Madre del Cielo, os pido perdón. ¿Acaso no merecéis Vos este pequeño sacrificio de los patines? ¿Pienso que es demasiado para Vos?” Sentí en el alma un arrepentimiento sincerísimo y mis lágrimas querían acudir a borbotones.

Pero A., dándome un empujón, me dice: “Cecy, ¡qué chica más aburrida!, ¿vienes o no vienes? ¡Parece que te estás durmiendo!” “A., vamos a volver a Jaguarao, ya no quiero comprar los patines; he decidido hacer otra cosa”. “¿Estás loca?”, dijo A. “Y una vez que hemos venido, ¿nos vamos a ir sin comprar nada?” “No, A., no quiero nada. Voy a comprar para ti un tarro de caramelos de Montevideo y nos vamos después a Jaguarao”. Tenía todavía 20.000 reales. Sabía lo que debía hacer para reparar mi falta. Después de separarme de A., en la esquina de su casa, fui a la Oficina Cerqueira y pedí que me cambiaran los 20.000 reales en “níqueles” de 400 reales. Fui al asilo y di 400 reales a cada pobre de la manzana de mi pobre viejito fallecido, el “señor” Cipriano José. Si la alegría de cada pobre fue grande, la mía fue incomparablemente mayor. Y estoy convencida de que la alegría que hubiera experimentado con mis patines hubiera sido incomparablemente menor. Recibí la “dulzura” de mi “Nuevo Amigo”.

Hechos como este se repitieron muchas veces, por eso, no me parece necesario contarlos.

Cap 40 - Le entregué el lirio a Nuestra Señora

El 8 de diciembre de 1914 me convertí en Hija de María. Recibí la linda medalla milagrosa pendiente de una larga cinta azul. Me la impuso el Reverendísimo Canónigo Godofredo Evers, entonces Director de la Congregación Mariana.

La víspera de aquel día me confesé con el Padre Godofredo, que después me dijo: “Mañana el buen Dios y su Santísima Madre le van a conceder a Cecy una gran y muy particular gracia. Pero todavía le está reservada una mayor; la gracia extraordinaria de hacerla Esposa de Jesús. ¿Y Cecy quiere aceptar esta amorosa invitación de Dios?” Le respondí: “Padre, ya hace tiempo que quiero ser Esposa de Jesús y también ya sé que no seré una esposa de aquí, de la tierra”.

El Padre Godofredo me explicó cómo podría ser esposa de Jesús. Lo comprendí hasta donde alcanzó mi apocada inteligencia. Y entonces, el Padre Godofredo añadió: “Al final, vuelve al confesonario”. Así lo hice. El Padre Godofredo me dio, entonces, un papelito escrito, diciendo: “Mañana, después de la Sagrada Comunión, le dirás a Nuestra Señora las palabras que he escrito”.

Aprendí de memoria la oracioncita y al día siguiente hice lo que el Señor Padre me había mandado. Después de la Sagrada Comunión, le dije lo que estaba en el papel:

“Madre mía Santísima, hoy vais a recibirme en el número de vuestras hijas predilectas. Pues bien, Madre querida, hagamos un trato. Hoy, cuando esté al pie de vuestro altar, cuando el siervo y ministro de Vuestro Hijo me dé, en vuestro Nombre, el distintivo de Hija de María, en vuestras Manos purísimas dejaré el lirio de mi inocencia y virginidad. Guardadlo, oh María, es vuestro. Jamás os lo tomaré. Y cuando el Esposo Divino me lo venga a reclamar, entonces, Virgen de las Vírgenes, le responderé feliz: “Se lo entregué a vuestra Madre Virginal. Ella os lo dará”.

En el santo día, cuando, al pie del altar, el mismo Padre Godofredo me daba a besar la linda medalla, yo repetía con el corazón aquella oracioncita. Durante todo el tiempo de la ceremonia, mi “Nuevo Amigo” tuvo posada sobre mi hombro su santa mano. Nuestro Señor vino a mí, como en la Sagrada Comunión, y también vino Nuestra Señora. Aunque no los vi. El mismo día, después de la fiesta, cuando el Padre Godofredo me preguntó si había hecho la entrega a Nuestra Señora, le dije sólo a él: “El Santo Ángel puso su santa mano sobre mi hombro y, con la otra, le entregó el lirio a Nuestra Señora”. Vi lágrimas en los ojos del Padre Godofredo, pero él se las enjugó rápidamente. Aunque no sé por qué lloró.

Cap 41 - La Bate-bico

Era en 1915. Vivía en Jaguarao una mendiga, de unos 50 años tal vez, y que se hizo popular por su extrema fealdad física. Los niños la tomaban por una bruja o hechicera de los libros de cuentos y le tenían mucho miedo. Tenía por apodo “Bate-bico” (cotorra), por ser extremadamente charlatana.

Yo estaba acostumbrada, en las largas tardes de verano, cuando estudiaba en el huerto, a escuchar a los muchachos en la calle gritando: “¡Bate-bico! ¡Mira, la Bate-bico!”. Y la pobrecilla se enfurecía, les tiraba piedras y les prometía venganza. Yo interrumpía la lección que estaba estudiando y un algo de tristeza y de pena se apoderaba de mí, por la triste vida de la pobre “Bate-bico”. Y me quedaba pensando: “¡Quién sabe si, cuando niña, no tuvo casa y buenos padres y, después, sus padres murieron y ella se quedó así!” Entonces sentía un gran temor de perder a mis padres o de separarme de ellos.

La Madre Rafaela, sin embargo, decía que un exterior feo puede ocultar un alma hermosísima. ¡Quién sabe si la pobre “Bate-bico” tiene un alma blanca como la mía el día de mi Primera Comunión, y si su “Nuevo Amigo” está siempre contento con ella y Nuestro Señor va a llevarla al Cielo! Los muchachos piensan, porque es fea y está sucia, que el alma la tiene igual. Y tales pensamientos me volvían siempre que oía a los chavales gritar: “¡Bate-bico!”

Semanalmente iba la pobre a la ebanistería y volvía con un gran saco a la espalda, lleno de virutas, para preparar sus comidas. Una tarde paseaba yo con A., y fuimos a la “pista”. Como no tenía patines, sólo mirába a los patinadores. De repente, oigo silbidos y risotadas que venían de la calle. Me acerco al portalón de hierro, abierto de par en par y ¿a quién había de ver? A la pobre “Bate-bico”, con su gran saco a cuestas, pero que llevaba atada al saco una larga, muy larga tira de tela, en cuya extremidad había sujeta una lata vieja, de modo que cuando la pobre caminaba, arrastraba la lata y hacía mucho ruido. En pocos segundos se juntaron en el portalón y en la calle grupos de chicos y chicas que se reían, a carcajadas, del ridículo estado de la pobre.

Respecto a mí, me daban más ganas de llorar que de reír, pero me esforzaba en no llorar, porque tenía miedo de que se mofasen de mí por llorar cuando todos reían. La pobre continuaba andando, tambaleándose por el peso del saco. Se hacía realmente difícil arrastrar aquella larga cola con la lata rodando por las piedras de la calle. En esto, asaltó mi mente este pensamiento: “¿Y si voy a desprender la tira del saco de la pobre?” Tal pensamiento lo ahuyenté con desagrado. “No, no haré eso. Todos me mirarían y la pandilla de chicos es muy capaz de abuchearme. ¡Qué horror! ¡Qué vergüenza! ¡Qué voy a parecer yo corriendo por la calle, detrás de la pobre, mezclada con los chicos! ¡No, no, no quiero ni pensarlo!”. Todo esto fue en un momento. Inmediatamente sentí sobre la cabeza la santa mano de mi “Nuevo Amigo”, como si me acariciara. Y, junto con esa caricia, como si me susurrase: “¿Y si tú estuvieses en el lugar de la pobrecilla? ¡Cómo te gustaría que una mano caritativa te librase de esa situación ridícula y humillante! ¡Anda, Jesús te lo pide!”

Miré a la pobre para calcular la distancia que la separaba de mí: ¡Como una manzana! ¡La pandilla de mozalbetes me pareció que había crecido! ¡Por las puertas y ventanas de las casas no veía más que gente, gente! Miro a mi amigo. Su santo rostro, con aquella “seriedad”, un tanto triste. ¡Estaba esperando algo de mí!...

No vi más. Sin pensarlo, le digo a A.: “Voy a desatar la tira del saco de la pobre”. A. me agarró del vestido diciendo”: “¿Estás loca? Te van a abuchear a la vez que a la ‘Bate-bico’”. Ya no vi ni oí nada más. Corro en dirección a la pobre, que continuaba andando con la tira detrás. Y, sin atinar cómo debía actuar, como llegué primero a la lata, la tomé, intentando romper la tira.

La pobre sintió el tirón y, pensando, tal vez, que los muchachos querían quitarle el saco, se paró y a su vez dio un fuerte tirón del saco, de modo que la lata me hizo una profunda herida en el brazo, cuya cicatriz conservo hasta hoy.
Corrí, entonces, hacia la pobre; quise explicarle el caso, pero ella no me comprendía y se enfadó. La vergüenza me petrificó. Oía las burlas de los chicos y sentía como si centenares de ojos estuvieran posados en mí, una de las “protagonistas de la escena”. Me parece que en este momento la pobre lo entendió todo. Yo quise volver a la “pista”, sin embargo la mano de mi “Nuevo Amigo” me lo impidió. Tenía que desatar la tira del saco, Él lo quería. La pobre, que ya no estaba enfadada, me lo permitió y, conmovida, dijo: “Muchas gracias, mocita. Todavía hay en este mundo quien siente pena de mí”. Entonces, me olvidé de la vergüenza, ayudé a la pobre a cargarse el saco a la espalda y volví a la “pista”.

Sólo entonces me di cuenta de que la sangre me corría desde el brazo y que tenía el vestido todo manchado. A. me ató un pañuelo y, por miedo de que contase a mamá el caso, quise volver sola a casa. Al llegar no me vio nadie, porque entré por la puerta del huerto. Me puse árnica con agua y, cuando me estaba limpiando el brazo, cuya herida me escocía muchísimo, la santa mano de mi “Nuevo Amigo” me acarició de nuevo la cabeza. Busqué su santo rostro y, junto con su santa “dulzura”, me llegó como el susurro de una frase: “Jesús está satisfecho con su amiguita”. Me puse tan contenta que ya se me olvidó el brazo.

En la primera confesión le conté todo al Padre Godofredo. Él me dijo: “Vamos a hacer un contrato que será firmado por Jesús. Mañana, domingo, Cecy irá a cuidar del cuerpo de la pobre para que esté bien aseado, y yo iré a cuidar de su alma”.

¡Qué suerte!, pensé. Tenía 10.000 reales que papá me había dado. Podría comprar para la pobre zapatillas, medias, ligas y jaboncillo. La ropa blanca y el vestido se los llevaría de los de mamá.

Al día siguiente, después de la Santa Misa, todo estaba preparado. No me olvidé de las tijeritas y de un poco de brillantina, pues parecía que la pobre nunca se peinaba. Llevé, además, pan y una latita de mermelada. Fui al asilo y encontré a “Bate-bico” encorvada a la puerta de su cuarto. ¡Ah! ¡La pobre estaba horriblemente sucia! Al entrar con ella en su cuartito para enseñarle lo que le había traído, tuve que reprimir, a cada momento, las arcadas de vómitos secos.

“Seña María, le dije yo, quiero dejar a la señora bien limpia, y le he traído jaboncillo y brillantina”. La pobre se extasió ante todo aquello. Encontré la tarea de limpiar a la pobre dificilísima; no sabía cómo hacerlo. Le pedí una palangana y me trajo una pequeñísima. Le di el jaboncillo y le pedí que primero se lavase la cara. La pobrecilla no se opuso y le gustó el jaboncillo. Sin embargo, no lo hizo como yo quería.

Entonces, se me ocurrió una buena idea. Mi pañuelo estaba aún doblado. Busqué agua nueva y enjaboné el pañuelo, pasándolo yo misma por el cuello y las orejas de la pobre. Después le mandé que se enjuagase la cara para quitarse el jabón. Lo mismo quise hacer con los pies. La mandé sentarse y le di el pañuelo enjabonado, para que ella misma se lavara los pies, pues las náuseas que sentía eran casi insuperables. Las arcadas de vómitos se sucedían y yo me sentía muy indispuesta.

Salí afuera, diciéndome a mí misma: “No puedo soportar más las náuseas que siento. Le diré al Padre Godofredo que es muy difícil, mucho”. Y hago mención de marcharme. Pero allí estaba la santa mano de mi “Nuevo amigo” empujándome suavemente por hombro hacia el cuarto. Inmediatamente pensé: “¡El contrato que fue firmado por Jesús! ¡Tengo que cumplirlo del mejor modo que pueda!"

Volví al cuarto. La pobrecilla, con la mejor voluntad, estaba lavándose los pies, con el pañuelo enjabonado, ahora completamente negro. Cambié el agua, horriblemente negra y espesa. En los pies, hinchados, tenía muchas heridas; la uñas desmesuradamente largas y sucias. Se secó los pies con un trapo no muy limpio. ¡Ay! Tenía que cortarle la uñas, para eso había traído la tijerita. Quise comenzar primero por las manos. Comencé. La náusea, sin embargo, fue mayor que mi buena voluntad. El vómito me salió rápido, sin que tuviera tiempo de retenerlo. Mi vestido quedó mojado y sucio. Pero la santa mano de mi “Nuevo Amigo” se posó sobre mi cabeza. Con un esfuerzo que no era mío le corté las enormes uñas de las manos y de los pies. Ahora faltaba el pelo. Al mirar la pobre cabeza desgreñada, pareció faltarme el coraje. La santa mano, sin embargo, continuaba posada suavemente sobre mi cabeza, como acariciándome. Puse la brillantina en mis manos y, cuando intenté pasarlas por la cabeza de la pobre, ésta estaba tan sucia y el asco que sentí fue tanto, que vomité por segunda vez. Mis manos, pringadas por la brillantina, me provocaban una repugnancia extrema. No acierto a describir la sensación que experimenté cuando peinaba a la pobre. No puedo decir lo que veía en aquella miserable cabeza, se asemejaba más a la de un animal inmundo que a la de una persona.

Al fin terminé. Ahora la pobre se debía poner la ropa limpia. La hice mudarse mientras me fui a la pila a lavarme las manos, que me repugnaban sobremanera. Le mandé que se calzara las medias nuevas y las zapatillas. El vestido de mamá le quedó bien, sólo un poco grande. Le dije: “Ahora la señora está limpia y más bonita. No se va a ensuciar. Ahora puede comer mermelada con pan”. La pobre parecía un corderito, y todo lo hacía riendo, riendo, la infeliz.

Me fui a corriendo. Me daba vergüenza mi estado; estaba en un perfecto desaliño. Durante todo aquel día, mi “Nuevo Amigo” no quitó su santa mano de mi cabeza. Me parecía que ya estaba en el cielo. Nuestro Señor estuvo conmigo como en la Sagrada Comunión.

La misma tarde del domingo, el Padre Godofredo visitó a la pobre. En la confesión del sábado siguiente, me dijo: “El buen Jesús no se arrepintió de haber firmado nuestro contrato. Él está contentísimo con su amiga. La pobre está con el alma limpita. Recibió la Sagrada Comunión el lunes. Me parece que no vivirá mucho tiempo; yo la visitaré más veces. Cecy ya no tendrá que ir allá más”. Al domingo siguiente, después de la Santa Misa, cuando llegué a casa, me sorprendió la noticia: La pobre “Seña María” había tenido un síncope cuando volvía de la iglesia. La llevaron al asilo, pero llegó ya muerta.

Lloré a escondidas, de pena, y me parece que también de añoranza de mi pobrecilla. Cada vez que rezaba por ella, mi “Nuevo Amigo” posaba su santa mano sobre mi cabeza. Y esto pasó durante mucho tiempo. Por fin dejó de hacerlo. Entonces pensé: “‘Seña María’ ya se ha ido al cielo”.

Sea glorificado Nuestro Señor en la fidelidad de mi “Nuevo Amigo” y en la flaqueza de su criatura, que nada hizo por sí misma. Amén.